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Cuando jugaba fútbol me ponía la camiseta número 5 y tenía tres talentos que me hicieron volante de recuperación (ya luego cuando me puse más lento comencé a jugar de defensa central). Uno de los talentos era que no daba por perdida ninguna pelota, que insistía hasta el final por el balón, que corría lo que había que correr atacando o defendiendo, y que no temía hacer falta cuando evitaba una jugada peligrosa. El otro era que le pegaba duro al balón y era una promesa de gol desde media distancia que nunca se cumplió. El último era saber dónde estar en el campo de juego, ver todo como un juego de mesa en el que había que ocupar espacios de forma inteligente: anticipar la jugada del adversario e interceptar balones, o correr al vacío y hacerme una opción de pase para el que tenía el balón.

El único director técnico que tuve me amaba. Recuerdo una vez que paró el entrenamiento para explicar porqué la forma en que me había movido en el campo abría las cosas para nuestro ataque, y recuerdo estar ahí y pensar que yo era muy inteligente hasta para el fútbol. Pero este director técnico nunca me felicitaba de forma directa, nunca me dijo un “bien hecho”, y esta es la hora que creo que nadie me ha sabido dar el crédito merecido por ese increíble pase al vacío a nuestro mejor jugador y que abrió todo para nuestro primer gol. En serio, fue un pase tremendo de un pelao con cuatro puntos de miopía en cada ojo y que jugaba ubicando colores de camiseta y no caras.

Habían tres defectos también. Uno era que no era muy coordinado en mis movimientos, era torpe físicamente. El otro, relacionado con ello, era que no era muy habilidoso con el balón ni regateaba como mis otros primos o mi hermano menor (que era muy buen jugador). Pero paradójicamente eso me permitía tener una jugada especial: amagar con pegarle a la pelota y en realidad enganchar con el balón hacia dentro, lo que solía burlar a los delanteros o volantes que querían quitarme la pelota. Nadie esperaba que yo enganchara así, yo sabía vender la jugada y ese primer enganche tenía éxito.

Ahí estaba el tercer defecto: luego de ese enganche me emocionaba, sentía por unos segundos que no había quién me detuviera, que yo era capaz de llegar hasta la cancha contraria con el balón, y hacía un engaño de más. El segundo engaño, con muy pocas excepciones, me hacía perder el balón. Tal vez hubo un par de ocasiones en que funcionó e incluso hice hasta un tercero, pero esa era la excepción, no la regla. Ese tercer defecto era el más peligroso de todos, porque no todos podemos ser James Rodríguez, pero tener esos segundos de arrebato, de creérselo, exponían a tus compañeros atrás.

Una vez me caí disputando un balón entre dos adversarios. Recuerdo estar en el piso unos segundos mientras el polvo de la cancha se levantaba. Me levanté con dolor en uno de mis costados, pedí cambio al técnico y caminé lento hasta mi casa, a unas cuadras de la cancha. Sé que estuve realmente lesionado y que debí ir al médico pero por alguna razón no le dije a nadie y lo oculté. Sé que tuve al menos alguna fisura en una costilla y que por más de un mes respirar, levantarme de la cama, sentarme y acostarme, me dolía como nunca me ha dolido algo. Meses y años después podía volver a dolerme un poco, agudo, y yo respiraba profundo y esperaba con los ojos cerrados a que pasara.