El lunes, mientras estábamos reunidos como equipo para entregar el Informe Final a Colciencias, se presentó un altercado entre el director del proyecto -mi jefe directo- y tres coinvestigadores. Al tiempo que revisábamos el texto final en la proyección del Video-In, entraron por detrás del salón los tres profesores, callados y ávidos de joda.
Al principio uno de ellos reclamó en forma airada el ser tratado de irresponsable en un mail del director. Todos le escuchamos. Luego el director se disponía a responder a éste, cuando uno de los profesores le interrumpió y comenzó a lanzar improperios en un tono de voz propio de la galeria. Yo intenté decirle que respetase la palabra, y el personaje en cuestión se despachó en su mejor versión de verdulero.
La discusión terminó con dos bandos afirmando cosas absolutamente contrarias. El sentido de la realidad de alguno de los grupos estaba absolutamente deshecho. Por supuesto, yo podría decir como persona cercana al director que los equivocados eran los otros; pero lo mismo podrían sostener ellos de nosotros.
En fín, lo que más me impactó fué como uno puede ser el representante de los profesores al Consejo Académico de la cuarta universidad del país, y aún así discutir y portarse como un tendero de quinta. Asimismo, como a veces resulta imposible reconciliar dos opuestos si ninguno es capaz de revisar sus pasos.
Es muy curioso que algo tan valiente como calmarse y poder autoexaminarse sea de connotación negativa en el mundo en que vivimos.
